El encuentro en la habitación
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El tejido rosa
El primer movimiento fue de él. La mano del hombre con la camisa de dibujos descansa sobre el sofá blanco. Sus dedos tocan una tela de color rosa que está junto a su muslo. La tela es suave, un detalle que se aprecia por cómo la levanta sin arrugarla.
Ella está sentada a su lado. Sus piernas, enfundadas en los jeans azules, están cruzadas. El hombre con bigote y barba ocupa el otro extremo del sofá. Mira la pantalla del televisor.
La mano del hombre con la camisa de dibujos se mueve. Toma la tela rosa con suavidad. La levanta del cojín del sofá. El brazo de la mujer se queda quieto. Sus largas uñas descansan sobre su propia rodilla.
Nadie más se mueve.
La tela rosa cuelga ahora de su mano. Es una blusa. La sostiene por el hombro, dejando que el resto de la prenda caiga hacia el suelo. La mira un momento. No es una mirada larga. Es un gesto rápido, casi casual. Luego, su mirada vuelve a la mujer.
Ella gira la cabeza hacia él. Sus ojos siguen el movimiento de la tela que ahora cuelga inmóvil. No extiende la mano para tomarla. No dice nada. Solo mira.
El hombre del bigote sigue frente al televisor. Su presencia es un punto quieto en la habitación. La luz de la pantalla parpadea sobre su camisa a rayas.
La mano que sostiene la blusa rosa se balancea ligeramente. Un movimiento pendular, casi imperceptible. Es la única cosa que se mueve en la sala. Minuto y medio después, la situación es la misma. Tres personas en un sofá. Una blusa rosa colgando de unos dedos. Un televisor encendido. El movimiento ha empezado, pero la respuesta aún no llega.
La distancia justa
Paso dos, paso tres
El segundo minuto empieza con los dos de pie, cerca del sofá blanco. La mujer y el hombre de la barba. No está el otro. Ella apoya una mano en su hombro. La otra en su cintura. Su mano con los largos uños se hunde levemente en la tela de la camisa a rayas. Él responde. Sus brazos rodean su espalda. La atraen. La distancia entre sus cuerpos se reduce a cero. La blusa rosa de ella presiona contra el pecho de él. Él baja una mano. La posa en su cadera. La tela azul de los jeans es áspera. Los dedos de él se flexionan. Aprietan.
Ella gira la cabeza.
Mira hacia la puerta de la habitación. Hacia el pasillo. No hay nadie allí. O sí lo hay, pero no se mueve. Ella vuelve la cara hacia el hombre. Su mejilla roza su barba. No se separan. Siguen ahí. El abrazo no se rompe. Es un punto fijo. El televisor sigue encendido. Mudo. La luz de la pantalla parpadea en la pared. El sofá queda atrás. La rosa tejida está en el suelo, junto al cojín.
Un minuto después, la escena cambia. Ahora ella está en la habitación de al lado. En la cama. La cama blanca. Se recuesta sobre el gris de la colcha. Está sola. Mira al techo. O a la lámpara. Sus brazos a los lados del cuerpo. La blusa rosa está arrugada. El dobladillo de los jeans asoma por debajo. Los largos uños descansan sobre la tela.
Un sonido.
Viene del baño. Ella levanta la cabeza. Endereza el cuello. Mira hacia la puerta abierta del baño. Allí está el otro hombre. El de la camisa estampada. Está de espaldas a la cama. Se ve su espalda, sus hombros. Sostiene algo. Un objeto. No se distingue qué es. Podría ser una toalla. O un frasco. O la misma ropa. Lo sostiene con ambas manos. Sus brazos están un poco flexionados. Como si estuviera mirándolo. O como si fuera a guardarlo en un estante.
Ella no se mueve. Observa. Su respiración es tranquila. El hombre en el baño tampoco se mueve. Es una pausa. Un paréntesis. La cama, los muebles blancos, el espejo del baño reflejando una parte de la pared. El hombre gira la cabeza. No completamente. Un leve movimiento. Hacia el pasillo. No hacia la cama. No mira a la mujer. Ella baja la cabeza de nuevo. Vuelve a apoyarla en la colcha. Cierra los ojos. O tal vez no. Los mantiene abiertos, fijos en el techo blanco. El hombre en el baño permanece en su sitio. Sosteniendo el objeto. La distancia entre ellos es la de dos habitaciones. Es la distancia justa.
La siguiente acción será de otro.
El dibujo en la camisa
El hombre de la camisa a cuadros está en el baño. La puerta entreabierta. No mira hacia la cama. Sus manos están ocupadas con algo que no se ve bien.
Ella yace sobre la cama. El otro hombre, el de la camisa con dibujos, está de pie junto a la cama. La mira. Ella tiene la cabeza vuelta hacia la ventana. No responde a su mirada. Su torso descansa sobre la sábana, inmóvil.
El hombre de la camisa con dibujos cambia el peso de un pie al otro. Se inclina sobre la cama. No la toca. Su mano derecha se acerca al dobladillo de su blusa rosa. Los dedos rozan la tela, justo por encima del ombligo. No es un tirón. Es una inspección.
Ella no se mueve. Sigue mirando hacia otro lado. Su cuerpo es una línea quieta contra el gris de la colcha.
Él endereza la espalda. Da un paso hacia atrás. Sus ojos recorren su cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Luego mira hacia el baño. El hombre de los cuadros no se ha dado la vuelta.
Pasan segundos. La quietud se estira. Solo el sonido del agua, un hilo lejano desde el baño.
Entonces, el hombre junto a la cama da otro paso. Esta vez es hacia la cabecera. Se acerca a las almohadas. Su mano izquierda se posa en la madera de la mesilla de noche. Los nudillos rozan la lámpara.
Ella gira la cabeza. Mira hacia la puerta del baño. Luego, lentamente, mira al hombre que está a su lado. Sus ojos se encuentran. No hay sonrisa. No hay gesto.
Él sostiene la mirada. Su mano abandona la mesilla y queda suspendida en el aire, a medio camino entre la madera y su hombro. Espera.
El cambio de posición llega sin prisa, minuto a minuto, movimiento a movimiento.
- El hombre en el baño se ajusta el puño de la camisa.
- La mujer desplaza ligeramente el brazo, dejando la palma hacia arriba.
- El hombre de la camisa de dibujos apoya una rodilla en el borde del colchón.
- La mujer cierra los ojos.
- La cortina de la ventana se mueve por el aire.
- El hombre en la cama baja la mano suspendida y toca el filo de su blusa, cerca de la clavícula.
- El otro hombre sale del baño.
La rodilla del hombre en la cama hunde el colchón. Su peso altera la línea del cuerpo de ella. Ella no abre los ojos. El otro hombre se detiene en el umbral, observando. El tacto en su clavícula se convierte en una presión ligera, un punto de contacto que ancla a ella al lugar. Él se inclina. Su aliento mueve un mechón de su cabello. Ella permanece quieta. Acepta el peso. Acepta la respiración.
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Se quita los pantalones
Las cosas en su sitio
Ella se sienta en el borde de la cama blanca. Ya no está acostada. El hombre de la camisa estampada se para junto a ella. Sostiene su propia camisa en la mano.
El hombre de la camisa a rayas no está. Se oye un ruido leve desde la dirección del baño.
El hombre de la camisa estampada mira hacia la puerta. Luego mira la camisa que tiene en la mano. La deja caer al suelo. Sus dedos se mueven hacia la cintura. Se desabrocha el pantalón. La tela cae a sus tobillos. Da un paso corto para salir de la prenda. Se queda de pie junto a la cama, sin pantalones.
Nadie se mueve hacia nadie.
Un objeto metálico cae en el baño. El sonido es breve.
Ella observa los pantalones en el suelo. Observa sus piernas. No levanta la vista.
En la habitación, las cosas cambian de lugar o se quedan quietas.
| Objeto | Dónde estaba | Qué le pasó |
|---|---|---|
| La camisa estampada | La tenía el hombre | Termina en el suelo |
| Los pantalones del hombre estampado | Estaban puestos | Quedan abandonados en la alfombra |
| El grifo del baño | Cerrado | Alguien lo abre; el agua corre |
| La cama blanca | Recibía el peso de ella | Recibe ahora su peso sentado |
El chorro de agua se detiene. El silencio llena el espacio entre las dos habitaciones. Ella sigue sentada. Él sigue de pie. Los pantalones siguen en el suelo. El hombre de la camisa a rayas sale del baño. Cruza el umbral y se detiene. Mira la escena. Su mirada va de los pantalones en el suelo a la mujer en la cama. Luego mira al otro hombre. El aire en la habitación se hace más denso. Todo espera el siguiente movimiento.
La mano en la nuca
Ella está de rodillas en el centro de la cama blanca. Ninguno de los tres lleva pantalones. Su cuerpo forma un puente entre los dos hombres. Ella sostiene a cada uno con un brazo. Su mano izquierda aprieta la base del cuello del hombre de la camisa de dibujos. Su mano derecha está hundida en el pelo del hombre del bigote. La tela rosa de su blusa se tensa sobre su espalda.
Los hombres no se tocan. Sus cuerpos se inclinan hacia ella, hacia el centro.
Pasan unos segundos así. El aire en la habitación pesa. La única luz viene del televisor. Luego, el hombre del bigote mueve una mano. La coloca en la nuca de ella. No es un empujón. Es una presión firme. Ella no se resiste. La mano la guía hacia abajo, un centímetro, otro. Ella inclina la cabeza.
El hombre de la camisa de dibujos responde. Su mano, que estaba inmóvil en su muslo, se levanta. Esa mano agarra la cadera de ella. Los dedos se hunden en el tejido de los jeans azules. Tira de ella hacia sí. Un movimiento leve.
Ella está ahora en el medio de dos fuerzas. Una mano en la nuca que empuja su cabeza hacia abajo. Otra mano en la cadera que tira de su cuerpo hacia adelante. Ella cede a ambas. Su espalda se arquea. Su cabeza desciende. Su cuerpo se desplaza.
El equilibrio se rompe. Los tres se mueven al mismo tiempo.
El hombre del bigote usa ahora las dos manos. Una sigue en su nuca. La otra se posa en su hombro. El hombre de la camisa de dibujos también pone su otra mano en ella. La apoya en su costado. Ya no la sostienen. La sujetan.
La han atrapado.
La rodilla en la cama
El hombre de la camisa de rayas se queda de rodillas. Sus pantalones están en el suelo, cerca de la puerta de la bañera. Su respiración es pesada. Mira a la cama.
La mujer y el otro hombre yacen sobre el edredón gris. Sus cuerpos forman una sola forma. La blusa rosa de ella está arrugada, subida hasta el pecho. La camisa con dibujos del hombre está abierta. Ella tiene la cabeza girada hacia la almohada. Su mano con uñas largas descansa en el brazo del hombre. El hombre de la camisa de rayas observa. No se mueve.
Pasan segundos.
El hombre en la cama ajusta su posición. Su barba roza el hombro de la mujer. Ella no abre los ojos. Su pie se desliza por la sábana.
El hombre de rodillas baja la mirada. Mira sus propias manos sobre sus muslos. Las abre y las cierra. La piel de sus nudillos está tensa. Luego levanta la vista de nuevo hacia la cama. Hacia la mujer. Hacia el otro hombre.
La luz del techo se refleja en el espejo del baño. El reflejo ilumina un punto en la pared, justo encima de la cabeza del hombre arrodillado. Él no parpadea.
La mujer mueve la mano sobre el brazo del hombre. Sus dedos recorren el antebrazo, donde hay un tatuaje que ahora está oculto. El hombre de la camisa de rayas sigue inmóvil. Es una estatua en la alfombra. El aire en la habitación es espeso.
El hombre en la cama gira la cabeza hacia el que está de rodillas. Sus ojos se encuentran por un instante. No hay un gesto. No hay un signo. El hombre de rodillas no asiente. No niega. Sólo mira.
Luego, el hombre en la cama vuelve su atención a la mujer. Ella exhala. Es un sonido largo y tranquilo. El hombre de rodillas inclina la cabeza hacia adelante. Un mechón de su pelo cae sobre su frente. Sigue ahí, con una rodilla apoyada en el suelo y la otra levantada, marcando el tiempo que ya pasó.
El televisor en la pared frontal permanece apagado. Las dos mesitas de noche blancas están en su lugar. La habitación contiene el silencio. Contiene los tres cuerpos. El movimiento ha terminado. Sólo queda la postura final. La rodilla flexionada en el borde de la cama es la última cosa que marca el ritmo. Es un compás detenido.
